Amantes en la playa de Afrodita
Posted by webmaster on March 7th, 2007 at 08:00pm
Diversión, arqueologÃa y azules mediterráneos en Chipre
Por unos instantes, el canto de un muecÃn y los salmos de monjes ortodoxos reverberan al unÃsono en Chipre, la isla más oriental del Mediterráneo. AquÃ, las iglesias bizantinas y las mezquitas conviven armoniosamente a escasos metros. El olor a olivas y cÃtricos se diluye entre aromas exóticos de especias orientales, y la flemática vida tradicional de los pueblos permanece impertérrita ante el incesante empuje del ajetreo urbano. Se concilia lo aparentemente irreconciliable: playa con montaña, mar con nieve, arqueologÃa con vida nocturna y, culturalmente, lo griego con lo turco, tras siglos de mestizaje.
Buena parte de la reputación de la isla se remonta hasta hace más de 3.000 años, cuando fue reconocida como el lugar de nacimiento de la diosa Afrodita. Según la leyenda y el célebre cuadro de Botticelli, la divinidad del amor emergió entre la espuma del mar en una playa guijosa del sur de Chipre. A ella siguen acudiendo las parejas de enamorados para disfrutar de la puesta del sol, un enclave conocido como Petra tou RomÃou (Piedra de Romios). Su nombre no está relacionado con Afrodita, sino con el monolito adyacente, con el que, se cuenta, el héroe bizantino DiyenÃs Akritas (más conocido como Romios) destruyó las naves de los invasores sarracenos.
No muy lejos se encuentra Pafos, la antigua capital, que se ha convertido en uno de los principales centros turÃsticos. Se trata de la ciudad que mejor sintetiza el eclectismo de esta isla mediterránea; un radio de apenas 30 minutos basta para abarcar una playa, un puerto deportivo con bares y restaurantes, un fuerte medieval e importantes yacimientos arqueológicos: los fastuosos mosaicos que cubrÃan el suelo de tres antiguas villas romanas y una necrópolis subterránea de la era ptolemaica, edificada -según la tradición egipcia- a semejanza de las casas de los muertos allà enterrados.
Quienes buscan un lugar de retiro lo encuentran pocos kilómetros más al norte, en los recoletos hoteles de la penÃnsula de Akamas. AllÃ, donde Afrodita se enamoró de Adonis, se descubren especies autóctonas de aves, mamÃferos y mariposas. En torno al corazón de la isla se extienden los escarpados pagos del macizo de Tróodos, cuyo punto más elevado coquetea con los 2.000 metros sobre el nivel del mar, del que apenas lo separan unos minutos en coche. Entre diciembre y marzo pueden alternar en un dÃa los chiringuitos de playa con las estaciones de esquÃ.
Los valles y cuencas de este macizo ocultan pequeñas y pintorescas aldeas; la más popular, Platres, antiguo remanso vacacional del rey Farouk de Egipto. AllÃ, los kafenés o bares populares son lugares de reunión para los aficionados al café griego y al tavli (la versión helena del backgammon). Entre los clientes, en ocasiones se dejan ver los monjes ortodoxos de alguno de los espectaculares monasterios de la zona, como el de Kykkos, encajado entre montañas.
El verano en Chipre también depara agradables sorpresas. Una de ellas son las representaciones nocturnas en el anfiteatro romano de Kourion, próximo a la urbe costera de Lemesós, en cuyo castillo medieval Ricardo Corazón de León desposó a Berenguela de Navarra en 1191. Hasta hace poco conocida como Limassol, esta ciudad es la segunda en importancia tras la actual capital, LefkosÃa (antigua Nicosia). LefkosÃa, de herencia británica y ambiente cosmopolita, es una joya arquitectónica colonial y su pulso late en Laikà Yitoniá, un barrio con reminiscencias de isla griega con tabernas donde degustar las cocinas libanesa, helena y turca. La ciudad se muestra distinta al cruzar a Lefkosha, la mitad norte y turcochipriota; ajena al turismo, Lefkosha es bulliciosa en su aparente tranquilidad. Gracias a los recientes cambios polÃticos de la isla, el visitante puede ahora recorrer todas las regiones norteñas y saltar en media hora de los hammams de Lefkosha a la costa de Girne, perderse en las playas de la penÃnsula de Karpas o explorar la ciudadela fortificada de Gazimagusa.
De vuelta en la parte griega, en Lárnaka abundan los hoteles y lugares de ocio en primera lÃnea de playa, de la que sólo los separan los naranjos y las altivas palmeras de la avenida de Finikóudes. Sin embargo, es la vecina localidad de AyÃa Napa la que arrastra a los visitantes en busca de diversión nocturna. Aquà no se descansa ninguno de los 300 dÃas de sol de los que anualmente goza esta isla.
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